Una vez fui a comprar no sé qué al Eroski que estaba al lado de mi casa, cuando vivía en Roger de Llúria. Estaba cerca de las cajas —aunque aún no haciendo la cola—, distraída…
Se acercó un hombre y me miró con una profundidad muy penetrante en los ojos. Realmente tenía ojos de estar muy volado, pues estaban muy abiertos. Y me preguntó:
—¿No serás tú un ángel encarnado?
No fue una pregunta retórica, no era un piropo: me lo estaba preguntando de verdad. Entonces tuve que responder, y le contesté:
—No… yo soy Inés.
Se sonrió, me regaló un par de limones que parece que llevaba con él, y se fue.

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